Dice Buda: "Si todos los hombres están destinados a sufrir la vejez, la enfermedad y la muerte sin que ninguno pueda evitarlas, porque entonces miran la enfermedad, la vejez y la muerte de otros hombres con miedo, repugnancia y desprecio."
La experiencia de las historias cotidianas, nos enfrenta a esta realidad de la muerte, la enfermedad y la vejez, que percibimos como extraña y lejana. Como algo no programado en nuestra existencia y ni siquiera, en el ritmo de vida alocado, nos detenemos a pensar, no tan solo en la posibilidad cierta de que alguna de estas situaciones esté en nuestro horizonte o en el de nuestros seres queridos, sino que existencialmente vivimos como negándola.
La vivencia religiosa con su lenguaje, sus ritos y sus formas, intentó siempre enmascarar este trio, y fundamentalmente el de la enfermedad, apelando a determinadas palabras: "destino", "culpa", "prueba", "resignación", "hay que rezar", "el milagro", etc. sin llegar a mi modesto entender, a traducir lo obvio en terminos de actitud y fortalecer virtuosamente el corazón.
Recuerdo la familiaridad con que Francisco de Asís llamaba a la "hermana muerte", o Agustín de Hipona en sus "Confesiones" clamaba "nos hiciste Señor para Ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descanse en Ti." y lo mismo Teresa de Avila o el apóstol Pablo. Ellos no negaban, no no enmascaraban la realidad sino que la afrontaban hasta anticipadamente con esperanza firme y confianza en la ternura y cariño de una Padre que no se desentenderá del viaje final de sus hijos.
El mismo Jesús de Nazareth frente las distintas situaciones de enfermedad, apeló a la palabra, al tacto, la confianza, al estar, al destrabar la angustia y soledad del enfermo. A quitar cualquier vínculo con situaciones de pecado heredadas o actuales. Intentó humanizar la enfermedad, la vejez y la muerte, que también a él le pesaban.
La condición humana se rige por el pensamiento y la voluntad en una equilibrada sincronía, al punto que la ciencia sostiene cada vez, con más certezas, el vínculo profundo entre la mente y la enfermedad, proclamando la existencia mayoritaria de "enfermedades psicosomáticas". Hay que salvar la "cabeza", hay que reprogramar la mente cada día, y la oración va en ese sentido y no en otro, no en ligarle a Dios el fardo del "milagro", desentendiéndonos de todo, solo pedirle la fuerza y la capacidad de lucha tanto para ponernos en clave de sanación, como para cruzar bien pertrechados a la otra orilla.
Estas situaciones propias o de nuestros seres queridos o de tantas personas cercanas, algunas con una complejidad y dramatismo tremendos, no deben más que devolvernos espejadamente, borrosamente quizás nuestro futuro. No para amargarnos, no para inquietarnos desde ahora, sino para cargar fuerzas para ese instante.
La doctrina del milagrerismo, aún tan en boga y que tanto convoca en las diversas expresiones religiosas, tiene que ver mucho con la recuperación de la confianza, el alejamiento de los "males" y los miedos y actúa como poderoso talisman. No niego esta vivencia a la que todos de una u otra manera nos aproximamos, como señalé antes, también la voluntad se merece una oportunidad por sobre la mente. No niego los rituales que ayuden en esta dirección. Lo que me preocupa es el creciente comercio y hasta cierta "simonía" en estos asuntos.
Mi propuesta en esta oportunidad es volver a descubrir en el evangelio las actitudes de Jesús de Nazareth, su relacionalidad, su libertad frente al "trio que no evitaremos".
"Estuve enfermo y me visitaste" y porque estoy sano, y tu cercanía, tu palabra, tu caricia, tu saliva, el barro y tu silencio fueron el bálsamo para mi cura, hoy te invito a formar parte de los constructores del Reino de Dios. "Vengan benditos" !!!
